La opinión de un experto
Opinión. A los pies de los caballos
ALEJANDRO VIDAL
Los desgraciados y tristes acontecimientos registrados el pasado miércoles en Mestalla van a proyectarse de forma ineludible sobre Son Moix a través de la figura del colegiado, Carlos Megía Dávila. Si su designación era preocupante antes de la batalla entre el Valencia y el Deportivo, pues no en vano se trata de un árbitro visceral, irregular y contradictorio que con sus 65 tarjetas en siete partidos está a punto de batir el lamentable récord de amonestaciones que ostenta el aragonés Daudén Ibáñez, mucho más lo es ahora cuando las miradas de unos, los espectadores y otros, los televidentes, convergerán en su figura.
Claro que el segundo juez que más penaltis señaló la pasada temporada y el cuarto que más cartulinas exhibió, no es de los que se sienta presionado o cohibido, sino de los que se complace cuando su protagonismo se eleva por encima del de los propios jugadores.
Particularmente deseo que Megía se equivoque en Palma mucho menos de lo que hizo en la capital valenciana. La aborrecible agresión de su asistente, Vicente Egido, ha ocultado la evidente falta de talante y talento del que se califica a sí mismo como juez, cuando no es más que árbitro. Uno de los ex árbitros con más poder en el Comité Nacional, el asturiano Diaz Vega, ha llegado a comparar la imagen del ´linier´ con la de "la justificia genuflexa y ensangrentada", una frase que revela cómo son los mecanismos mentales de algunos de estos colegiados. Fiel a su estilo irresponsable, en el que no cabe el diálogo ni la mesura, Megía optó por decidir antes que los propios comités, clausurando el estadio de Mestalla ipso facto y convirtiendo a 39.000 espectadores en cómplices de uno solo. Pudo y debió apurar las posibilidades de reanudar el partido que suspendió por el ´mareo´ de su ayudante que, por el contrario, no le impidió, al parecer, cenar después en un restaurante cercano, según pudimos leer ayer. ¿Hizo lo correcto?, no; hizo lo fácil y ha metido en un lío a terceros, destrozado el calendario y puesto en un brete a la Federación, que en el pecado de su pésima política arbitral, entre otros, ha encontrado un justo castigo.

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